Carmen Fabo, voluntaria de la Casa de la Misericordia: “El voluntariado me han enseñado a valorar la vejez”

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Carmen Fabo, voluntaria de la Casa de la Misericordia, PAULA BERROA.

  • “Necesitaba sentirme útil. Hacer algo por los demás”
  • “El primer contacto fue complicado. Con el tiempo hemos aprendido a entendernos”

PAULA BERROA-. “La primera vez que la vi estaba nerviosa. En realidad las dos lo estábamos”  dice Carmen Fabo, refiriéndose a la persona con la que lleva  ejerciendo más de 8 años como voluntaria. “No le salían las palabras. Se señalaba la cabeza diciéndome que le había dado algo, que no podía hablar”, recuerda.

Carmen Fabo lleva 8 años compartiendo su tiempo con una residente de 96 años la Casa de la Misericordia, cuyo nombre prefiere no desvelar. Ésta se encuentra en la zona asistida del centro puesto que “está invalida” y no puede caminar. Sin embargo, Fabo asegura que desde que la conoce ha mejorado incluso a “nivel de cabeza”.

“El primer contacto fue complicado”, desvela Fabo. Ninguna de las dos se sentía segura. No sabían bien de qué hablar ni cómo empezar una relación que a día de hoy es más que amistad. “Ahora habla por los codos”, dice la voluntaria entre risas. Ambas comparten su tiempo, sus anécdotas, sus sensaciones. Fabo explica que va una vez por semana a la Casa de la Misericordia y que procura llevarla a pasear por la ciudadela cuando el tiempo acompaña, o en su defecto, por los pasillos del propio centro. Le acompaña a misa, le escucha, e incluso su marido y sus hijos acuden a visitarla cuando ella está de vacaciones y no puede hacerlo.  “Qué bonita”, recuerda Fabo que le decía cuando le llevó a casa por primera vez. “Mi casa es muy normalica pero a ella todo le hace ilusión, quería saber dónde vivía”.

Fabo asegura lo gratificante que es ver la cara de alegría que pone al verle llegar. “Me hace sentir especial”, se sincera la voluntaria. Recuerda que antes de decidir enrolarse en esta “aventura” tuvo dudas. Se ponía barreras. Temía llegar a la residencia y sufrir al ver a personas mayores, en algunos casos, sólos o enfermos, y no poder llevárselos a casa. Creía que no podría mantener una relación de amistad con un residente sin sentirse culpable por no hacer más por él, por no saber hacer lo suficiente. Sin embargo, explica sorprendida que nada de esto le ha ocurrido: “disfrutan como nadie el ratico que estás con ellos. Te piropean. Es todo bonito”, dice sonriente esta voluntaria.

Si algo tiene claro Carmen Fabo es que los ancianos le han enseñado a valorar la vejez. A día de hoy, se emociona al recordar una escena que presenció en la Casa de la Misericordia, hace unos años. Cuenta que vio a un “abuelico” intentando caminar con un taka taka, y que se conmovió al ver lo mucho que hacen para potenciar lo “poquito que pueden”. No obstante, Fabo garantiza la felicidad y la juventud de espíritu que le transmiten estas personas: “No se imagina nadie como bailan, beben y comen cuando se organiza una fiesta”.

La voluntaria recuerda que hace 8 años,  cuando se quedó sin trabajo, estuvo obsesionada por encontrar algo que hacer, un lugar en el que trabajar y ser útil para los demás. Fabo sostiene que siempre había pensado que hay infinidad de misiones que hacer en el mundo. Pero ella no pensó en irse fuera de España para ayudar, sino más bien, satisfacer las necesidades de personas en Pamplona. Quería complementar su vida, sentirse útil, ir más allá de lo que siempre había hecho. “No hay porque irse lejos para servir a los demás”, asegura esta voluntaria. Eligió una residencia de ancianos próxima a su casa, ya que tal y como ella cuenta, tenía experiencia en tratar a personas mayores y pensó que era ésta una oportunidad de colaborar con gente mayor escasa de cariño.

Paula Berroa: texto, entrevista y fotografía

Jonás Bravo: cámara y edición de vídeo

 

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