Yolanda Liberal, psicóloga de la Casa de la Misericordia:“Las relaciones en una residencia de ancianos son complicadas”

  • “Los ancianos no quieren cargas ni sufrir más perdidas”
  • La Casa de la Misericordia cuenta con una media de 550 residentes

PAULA BERROA.- La psicóloga y coordinadora del voluntariado de la Casa de la Misericordia, Yolanda Liberal, recuerda con cariño una conversación que mantuvo con un residente que ingresó en el centro al quedarse viudo: “Me contó que desde que perdió a su mujer vivía solo. Bajaba al pan cada tres días y era esa la única conversación que tenía. Me sorprendió escuchar que lo más bonito que tenía una residencia era que alguien le tocara la puerta y le diera los buenos días cada mañana. Decía que ahora estaba contento porque sabía que al amanecer había alguien que le iba a saludar”.

Yolanda Liberal, psicóloga de la Casa de la Misericordia, cuenta que muchos ancianos deciden pasar sus últimos años en una residencia “por soledad y no necesariamente porque estén enfermos”. En este geriátrico hay más de 550 residentes y tanto los motivos por los que llegaron como sus circunstancias mentales y físicas actuales son distintas.

Conchita Esteras, mujer de 80 años, viuda y residente de la Casa de la Misericordia  confiesa que ve mucha soledad en algunas personas de la residencia que caminan cabizbajos por los pasillos del centro. La psicóloga y coordinadora del voluntariado, Yolanda Liberal narra que la adaptación a un centro en un periodo de la vida como es la vejez es distinta según la historia de vida y la forma de ser de cada residente.

Asegura que es un error establecer estereotipos de la gente anciana al clasificarlos como “gente aburrida, gruñona, o por el contrario “graciosa”. “Quien ha sido borde de joven lo es cuando crece, de la misma forma que una persona simpática nace y muere siendo alegre”.

Además,  cuenta que a veces  y por error tiende a relacionarse la vejez con la infancia. Explica que la dependencia de las personas mayores puede ser similar a la que los niños tienen cuando nacen, especialmente en casos en los que una enfermedad impide que se valgan por sí mismos. Sin embargo matiza: “es una infancia con una mochila de experiencia y sabiduría, por lo que debería abandonarse el estigma de la infantilización”. La falta de conocimiento, explica Liberal, es lo que hace que se creen estereotipos que distan de la realidad. “Sinceramente creo que si los jóvenes pasan de nosotros es porque no nos conocen”, opina Conchita Esteras. “Necesitaría que el día tuviera más horas para hacer todo lo que me gustaría. No paro.  Yo no tengo tiempo para aburrirme”, afirma convencida.

Liberal sostiene que ir a una residencia supone un cambio vital en una etapa de la vida en la que en principio no hay cambios: “Necesitan apoyo, compañía, serenidad. Procuramos que sea su hogar”, asegura sonriente.

Sin embargo, aclara que las relaciones en una residencia son complicadas ya que por lo general los ancianos se marcan un límite. “No quieren cargas ni sufrir más perdidas”. Liberal explica que aunque los residentes en un primer momento lleguen con expectativas de relacionarse con los demás, en la práctica tienden a mantener relaciones cordiales pero sin compromiso. No obstante, cuenta que algunos han tenido la suerte de establecer vínculos cercanos, de reencontrarse con amigos del pasado e incluso de encontrar a alguien especial con el compartir los últimos años de  su vida.

Es el caso de Jesús Olaiz  y Carmen Zubeldia, dos ancianos que se conocieron en la Casa de la Misericordia, y que a día de hoy reconocen necesitarse mutuamente. “De Carmen me gusta todo, aunque a veces es un poco soberbia”, dice bromeando Jesús.

Pablo Sanz y Carmen Ruíz hablando. PAULA BERROA

Jesús Olaiz y Carmen Zubeldia hablando.  PAULA BERROA

La residencia, tal y como dice uno de sus residentes, Ramón Fernández “es un pequeño pueblo”. A sus 93 años de edad ingresó junto a su mujer Ángela Sáenz De Ugarte en la Casa de la Misericordia, y aunque cuenta que el cambio fue duro se siente agradecido de los cuidados y cariño que recibe, así como de las actividades que promueve la Casa.

matrimonio

Ramón Fernández y Ángela Sáenz De Ugarte en su habitación de la Casa de la Misericordia. PAULA BERROA.

Algunos como él disfrutan haciendo Yoga, mientras que otros como Jesús Olaiz, Ceferino Acedo o Javier Echarte, se divierten jugando al Mus y competiendo con residentes de otras residencias.

Javier Echarte, residente de la Casa de la Misericordia jugando al Mus

Javier Echarte, residente de la Casa de la Misericordia jugando al Mus. PAULA BERROA.

Paula Berroa: texto, entrevista y fotografías

Jonás Bravo: cámara y edición del vídeo

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