¿Cómo le digo a mi hijo que tiene cáncer?

  • Los padres deben ser honestos consigo mismos antes de hablar con el niño
  • Laia Jané, psicooncóloga: “Más que a no tener miedo, hay que ayudar a gestionar y expresar este miedo de manera que no limite a la persona”
  • La sensación de secretismo solo magnifica los miedos
  • El sentido del humor como arma para combatir frustraciones no tiene precio

BLANCA DEL GUAYO.- “Un jarro de agua fría”. Así es como los padres describen la noticia. Incluso antes de aceptar que su hijo tiene cáncer, surge la angustia de cómo darle la noticia. “No lo va a entender”, “se va a asustar”… Un impulso protector sugiere no decírselo. “Al menos de momento”.

Sin embargo, existe acuerdo entre los expertos en la necesidad de informar al niño de su enfermedad. La sensación de que se le oculta algo sólo puede desatar su imaginación y magnificar sus miedos. Es imposible evitar que sepa que “pasa algo”, capta la preocupación de los mayores.

Aunque sean los primeros desorientados y asustados, son los padres los que deben dar la noticia. ¿Lo más importante? Comprender la situación para explicársela claramente y transmitir apoyo incondicional. “El médico puede ayudaros, aunque siempre debéis estar presentes para apoyarle y compartir este momento” señala la guía para padres de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC).

Cada niño es un mundo y la adaptación dependerá de múltiples factores, pero siempre conviene tener en cuenta su edad para adecuar el mensaje y predecir posibles reacciones:

1No es posible que estos niños comprendan qué es el cáncer, pero sí observarán expresiones de preocupación y nuevos entornos que le son extraños. Para estos niños lo más duro será la separación de sus padres y lo que esté sucediendo en el momento presente, no miran al futuro. Por eso, al decírselo lo más importante es que se sientan protegidos y advertirles de posibles dolores.

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Comprenden qué es una enfermedad pero posiblemente buscarán una causa externa o pensarán que es un “castigo” por algo que han hecho. Hay que eliminar esa culpabilidad desde el principio y explicarles con palabras sencillas (“células buenas”, “células malas”) qué les pasa y qué les espera. No hay que fingir que no pasa nada para conservar su confianza, sino centrarse en las soluciones en vez de las causas.

7(13A esta edad ya aparece la conciencia del papel de las medicinas y el hospital, así como de las implicaciones de la enfermedad. Hay que aprovechar esta comprensión para hablar abiertamente con él, hacerle entender que se precisa su colaboración y, sobre todo, darle pie a que exprese sus miedos, dudas, sentimientos… Se trata de que la situación le resulte lo menos extraña posible.

)13En la adolescencia, la preocupación del niño se volcará en las relaciones con sus amigos y en las limitaciones para “ser como los demás”. Sentirse incapacitado para llevar una “vida normal” puede producir rabia y frustración. Aunque al principio se cierre, necesitará comprender su enfermedad para asimilarla. Es esencial permanecer cercanos pero respetar su intimidad, así como la continuidad de la relación con sus amigos.

En cualquier caso, lo que el niño necesitará es una comunicación clara, sincera, directa y adecuada a sus características individuales. La postura de escucha activa debe ser continua, como señala Laia Jané, psicooncóloga en la Asociación de Familiares y Amigos de Niños Oncológicos de Cataluña (AFANOC). Escuchar supone respetar cómo se siente el enfermo y permite saber en qué momento se encuentra y qué necesita. La gradualidad de la información también es importante: hay que dejar que el niño vaya formulando sus preguntas, que por lo general giran en torno a la vida cotidiana y aspectos médicos, como aclara la psicóloga en una entrevista.

Según la doctora Jané, es normal que el niño no verbalice sus miedos, pero los transmita con su comportamiento. “Más que a no tener miedo, hay que ayudar a gestionar y expresar este miedo de manera que no limite a la persona”, apunta la especialista. Asimismo, los adultos deben ser honestos con sus emociones, puesto que esto invita al niño a imitar este comportamiento y “se da permiso a sí mismo” para expresar con libertad cualquier expresión afectiva: tristeza, rabia, miedo… Lo cual es siempre positivo.

El diagnóstico es el pistoletazo de salida para un periodo de cambios que constituirán una situación de estrés para el niño. Nuestra principal contribución para que le resulte más llevadero será crear buen ambiente a su alrededor para que se sienta “como en casa” en la medida de lo posible: llevarle sus juguetes favoritos, objetos importantes para él… En un clima de confianza es más fácil recopilar energías para luchar y expresar los sentimientos. El tiempo de relax y distraerse es esencial y, como para cualquier niño, más provechoso en compañía de sus seres queridos: conviene mantener el contacto con su familia y amigos para que compartan experiencias y no se sienta “desconectado” en ningún momento. El sentido del humor como arma para combatir frustraciones no tiene precio.

Por último, los padres deben recordar que ante todo son el modelo a seguir de su hijo, de ahí la importancia de transmitirle el espíritu de lucha, optimismo y sobre todo el cariño. El momento de la noticia es duro, pero lo importante es coger aliento para lo que viene, hay que mantener la mirada hacia delante y no olvidar la variedad de posibilidades de ayuda disponible. ¿Los mejores aliados para todo ello? Valentía y paciencia.

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